¿Por qué los alumnos faltan a clase?

lezione universitaria molto frequentata

Todas las generaciones, tanto de profesores como de alumnos, han intentado resolver la pregunta del absentismo escolar en la etapa universitaria. Las leyes educativas han intentado, de forma cuestionable, revertir esta situación. Cada una de las dos vertientes tiene una perspectiva determinada, para los alumnos los profesores no los motivan, para los profesores los alumnos pasan de todo.

¿Existe vida en otros planetas? ¿Para qué vivimos? ¿Los superhéroes son reales? 

Estas son algunas de las llamadas preguntas existenciales que todo el mundo se plantea una vez en la vida. Filósofos de todas las escuelas han tratado de responderlas con grandes y elaboradas teorías. Desde Sócrates a Ortega, pasando por Descartes, han intentado darles solución —bueno la de los superhéroes es fácil— y algunas de ellas han sido resueltas.

Pero, hay una pregunta que aún no tiene respuesta, una pregunta para la que nadie ha logrado aún una respuesta convincente. Gobiernos de todas las naciones intentan, mediante políticas, resolverla y darle la vuelta a la dinámica que ella conlleva:

¿Por qué los alumnos faltan a clase?

Desde que, en 1970, con Franco, entrara en vigor la Ley General de Educación, que estuvo vigente durante los primeros años de la democracia, han sido hasta 6 las diferentes leyes educativas que se han sucedido en España.

LGE, LOPEG, LOCE, LOMCE son los nombres de algunas de ellas. Estos bien parecen sacados de una película de ciencia a ficción y no se escapa mucho de la realidad ya que, mediante esta “ciencia ficción”, han tratado de revertir los patrones de absentismo escolar sin mucha suerte.

La Universidad Internacional de Valencia (VIU) en 2015 realizó un estudio en el que quedó constancia de que 3 de cada 10 alumnos (28%) universitarios españoles faltan un día o más sin justificación a clase, llegando a ser casi el doble del porcentaje de los países de la OCDE (15%).

Es sabido que España no es un país famoso por sus resultados obtenidos en los informes PISA, y los esfuerzos por invertir esta tendencia no están haciendo gran efecto en los estudiantes. La Universidad de Vigo, en un informe, intentó también analizar las causas de esto y resolver la pregunta. Como resultado, solo el 22,5% iba siempre a clase y el 26,5% asistía “alguna vez”. La mejor parte de este informe es cuando les preguntaron a los alumnos sobre cuáles eran sus motivaciones. El 40% respondió que la dejación era su mayor factor y, mejorando esa respuesta, el 38,8% respondió que las clases no se aprovechaban y que la metodología y organización de estas no los motivaba a ir.

Generalmente, la crítica a estos índices de absentismo se realiza en un solo sentido. Se culpa al alumno por faltar, por no ir a clase y por no encontrar la motivación. Pero, realmente, ¿de quién es la culpa aquí, del alumno desmotivado o del profesor que no motiva?

—Si me gusta mucho el profesor (…) sí suelo asistir—

Marta Rosas (ULA)

Todos hemos sido estudiantes, y a lo mejor algunos de los que leáis este reportaje seréis profesores. Vamos a ser claros: hay asignaturas a las que ni el mismo profesor asistiría. Por eso, vamos a darle una vuelta de tuerca más a la pregunta existencial.

¿Qué fue antes, el huevo (profesores piñazo) o la gallina (alumno desmotivado)?

Escojan desde ya un bando, porque esto va a ser una batalla encarnizada.

¿Qué piensan los alumnos? (¿Desmotivados nosotros?)

Las opiniones de los alumnos sobre el tema difieren si tratamos con alumnado de universidades con asistencia obligatoria o si, por el contrario, hablamos con alumnos que asisten a clase en universidades donde no les “obligan” a ir a clase. 

En el caso de aquellos que cursan sus estudios universitarios y deben asistir a clase para poder tener derecho a examen, opinan que ellos asisten a la mayoría de las clases porque les gustan y quieren aprender, pero que siempre hay alguna asignatura que “no sirve para nada” y podrían aprovechar el tiempo de la clase a la que asisten por obligación e invertirlo en estudiar o en hacer trabajos más laboriosos.

Los alumnos que no tienen asistencia obligatoria coinciden en que van a la mayoría de las clases porque les gusta y “si quieres ser un buen profesional, no vale con aprobar un examen, sino realmente tener los conocimientos necesarios y para eso hay que asistir a clase”, afirma Simón Fuentes, estudiante de Ingeniería Mecánica e Ingeniería en Diseño Industrial y Desarrollo del Producto en la Universidad de Sevilla. Aunque sí que confiesa que, en algún caso, no ha completado el 50% de asistencia debido a que estaba yendo a una academia en la que le explicaban mejor los contenidos. 

Ambos perfiles de alumnos coinciden en que, si el sistema ha evolucionado para dejar atrás una educación más antigua, como propone el plan Bolonia, también se debería cambiar la metodología. No solo en la teoría, sino también en la práctica. 

“Hay profesores que todavía se limitan a leerte las diapositivas y no hacen nada que no pueda hacer yo tranquilamente desde mi casa”, nos dice Marta Rosas, estudiante de Comunicación en la Universidad Loyola. Este hecho, ligado al desplazamiento hasta el lugar de enseñanza, es uno de los principales motivos por los que los alumnos deciden faltar a las clases. El hecho de que el profesor se apoye en un PowerPoint convierte la clase en un monólogo que deja a un lado cualquier aportación que el alumno, o incluso el propio profesor, quiera hacer para salir de la monotonía. “Las clases no me aportan nada y, sinceramente, estar media hora en el autobús para eso, no me merece la pena”, asegura Clara Pizarro, estudiante de Publicidad y Relaciones Públicas en la Universidad de Sevilla.

Según un estudio realizado por la Universidad de Barcelona en 2009, el 80% de los alumnos no asiste a las clases debido a la forma de explicar del profesor, por hacer las clases aburridas y poco interesantes. La metodología usada por el profesor hace que el alumno pierda su interés por la asignatura y convierte al estudiante en un alumno “fantasma”, es decir, un alumno que está presente en las primeras clases del cuatrimestre, pero que deja de ir hasta el examen final. 

“He llegado a exámenes en los que no conocía ni al profesor, y he sacado buena nota en ellos, por eso no asisto a algunas clases”, nos cuenta Claudia Fuentes, estudiante de Podología en la Universidad de Málaga. Esta también resalta que es de las pocas personas en su grupo de amigos que va a la mayoría de las clases de algunas asignaturas. Y afirma que “sin embargo, también hay muchas clases a las que voy porque me gustan y el profesor hace que nos interesemos por ellas, porque nos explica los conceptos relacionados con nuestro día a día”. 

Sabemos que una clase de Derecho de la Información, por ejemplo, no va a ser la más interesante de la carrera, pero si en vez de que el profesor lea el manual, se estudiaran casos prácticos de cuando las grandes empresas han infringido alguna ley y han tenido consecuencias por ello, se comprendería mucho mejor el contenido de la asignatura y se ayudaría a no tener que estudiar de memoria y a adquirir mucho mejor los conocimientos. Este hecho está comprobado científicamente mediante la pirámide del aprendizaje. Esta explica que un alumno aprende el 5% de lo que oye, el 10% de lo que lee, el 30% de lo que demuestra, el 50% de lo que argumenta, el 75% de lo que practica y el 90% de los que enseña a otros. Esto demuestra que, si la metodología no fuera tan tradicional, sino que incorporara otras técnicas, como diferentes prácticas o un día donde el alumno tuviera que explicar un tema, las clases no solo serían más entretenidas, sino que también serían más efectivas y el alumno aprendería y adquiriría mucho mejor los conceptos.

Un estudio de la Universidad de Oviedo ha comprobado que el 90% de los alumnos entrevistados asisten a clase asiduamente. Entre ellos hay un 51% que no asisten a clase como consecuencia de la organización, es decir, de los horarios que no les benefician o por el solapamiento de clases, mientras que el 45% afirma que es por la metodología y el valor de las clases. Por otra parte, hay alumnos, en un menor tanto porciento, que confiesan que no van por vagancia, como nos comunican Rocío Alamillo y Alicia Rey, estudiantes de Comunicación Audiovisual en la Universidad de Sevilla. “Nos da pereza y no nos apetece ir”, aseguran.

Otro factor unido al absentismo universitario es esa pérdida de interés por la asignatura que hace a los alumnos abandonar las asignaturas en cuestión. Esto se ve claramente en el alto porcentaje de alumnos matriculados en asignaturas a principios de cuatrimestre y en el bajo nivel de presentados en el examen final. “En mi clase empezamos siendo unas 600 personas aproximadamente. Y de esas 600, al examen, no nos presentamos más de 30, y aprobaron 5 personas. Yo no fui una de ellas, así que, sí entiendo a toda la gente que decidió desmatricularse”, dice Irene Gutiérrez, alumna de Ingeniería Aeroespacial en la Universidad Complutense de Madrid. 

En una gran cantidad de carreras, son muchas las asignaturas que tienen un alto grado de abandono. No es solo debido al nivel de complejidad de alguna de ellas, sino debido a la falta de ayuda, por parte del profesorado, a los alumnos para que estos se interesen más por sus materias y que no terminen dejándolas. Algunos porcentajes, que demuestran esto, señalan que el número de alumnos no presentados a exámenes de asignaturas en las que están matriculados es ascendente, ya que se compone de un 49% en junio, un 76% en septiembre y un 84% en diciembre. Estos datos han sido extraídos de un informe realizado a la Universidad Complutense de Madrid. 

¿Están los profesores de acuerdo con las opiniones de los alumnos?

Para darle más valor a este estudio, se debe también presentar el punto de vista de los profesores. Durante las líneas anteriores se ha presentado la opinión de varios alumnos de universidades tanto públicas como privadas. Hemos podido leer cómo, la mayoría, culpa a la falta de motivación de su absentismo a las clases. Profesores que leen las presentaciones, que no interactúan con los alumnos y que, en definitiva, llegan a clase, se sientan, comienzan a leer durante hora y media, se levantan y se van. Hasta el próximo día. 

Francisco Fuentes, profesor de Medicina en la Universidad de Córdoba, asegura que “esas típicas clases magistrales son prácticas anticuadas que, afortunadamente, cada vez se ven menos”. Nos cuenta que ellos (son varios los profesores que coordinan las asignaturas en las que participa) siempre tratan de hacer las clases lo más amenas posible. “Intentamos tener unos 25 minutos de clase teórica al comienzo, y otros 25 minutos de debate conjunto en la segunda mitad de la clase para aplicar la teoría a casos reales”. 

De momento, afirma que les va bien, ya que los estudiantes suelen ir a sus clases con bastante frecuencia. “Es normal ver cómo más de la mitad de los alumnos acuden a nuestras clases”. Además, dice que, para su asignatura, es obligatoria la asistencia por encima de un 80%, por lo que es normal que la gente también asista. “No pasamos la lista todos los días, pero sí lo hacemos de vez en cuando para evitar que haya gente que se desapegue de la materia”. Nos cuenta que es muy frecuente que en clase surjan momentos en los que el profesor cuenta experiencias propias que no aparecen en los libros ni en los artículos científicos, por lo que “los alumnos que no asisten pueden perderse conocimientos útiles”. 

Por último, y para evitar estas situaciones en las que los alumnos pierden la oportunidad de adquirir conocimientos inéditos, Francisco apuesta por “hacer las clases más dinámicas, participativas e interactivas, utilizando, si es necesario, materiales tecnológicos”. Así, se conseguiría una mayor asistencia a clase, aunque también añade que “pondría las clases obligatorias a partir de un cierto porcentaje, un 75 u 80%, para evitar las tentaciones de no venir y perderse conocimientos esenciales”.

Precisamente con esa opinión sobre las tecnologías está de acuerdo José María Fernández, alumno de Ingeniería de las Telecomunicaciones en la Universidad Politécnica de Madrid. “Hay asignaturas que se hacen muy pesadas si no se utilizan recursos tecnológicos, y más en una carrera como Telecomunicaciones”. Se queja también de que hay profesores que, literalmente, “pasan de las tecnologías”, convirtiendo las clases en algo muy aburrido.

Como vemos, es cuanto menos raro que en una carrera como Medicina, supuestamente más teórica, los profesores estén apostando por el uso de tecnologías que hagan las clases más llevaderas. Mientras que, por el contrario, en unos estudios como los de Telecomunicaciones (teóricamente más prácticos), estos recursos se estén dejando de lado en ocasiones como nos cuenta José María.

¿Solución?

Probablemente no os podáis decidir por un grupo, o sí y no aceptéis otras perspectivas. 

Los alumnos dirán hasta la muerte que son los profesores los que no les motivas y que ellos no tienen la culpa, probablemente no sean autocríticos y admitan que ellos no le dan oportunidades a la mayoría de sus profesores. Que prefieren llegar a clase, encender el Whassapweb y pasar totalmente del profesor. Muchas veces, se arrepentirán de no haber prestado atención, porque es sabido que quien presta atención en clase tiene menor dificultad para prepararse el examen.

“Ojalá hubiese prestado atención en clase antes, porque la materia es interesante”

Marina Mora- ULA

Los profesores se dividen en dos bandos: los que opinan que sus clases magistrales son insuperables y los que si quieran cambiar y hacer las clases más interactivas. Aquellos que explican los que les apasionan sus materias transmiten esa pasión a sus alumnos. Muchos de ellos darán por perdidas sus clases desde el principio, porque los alumnos no  valen la pena, y desmotivados se dedicarán a dar clases donde nadie los escucha, ellos lo saben y los alumnos también. Según un estudio de la Universidad Estatal de Boise, los profesores universitarios dedican más tiempo a reuniones y a revisar el correo que a la enseñanza o la investigación.

La cuestión es que somos personas, tanto alumnos como profesores, por ello tenemos nuestros días buenos y nuestros días malos. Ortega diría que todo es cuestión de perspectivas, por ello si los filósofos de la historia no han logrado resolver esta pregunta no creo que nosotros lo hagamos.

Tampoco es hora de rendirse y resignarse a que los alumnos no van a clase, al fin y al cabo es autocrítica quien no quiera que no vaya a clase, pero que asuma las consecuencias, y aquel profesor que no tenga alumnos en clase que piense porque ello sucede. Sobre todo es un problema que no van a solucionar ni una ni millones de leyes educativas distintas, las leyes educativas pasan y el sistema educativo permanece.

Por lo tanto la pregunta ¿Qué fue antes, el huevo (profesores piñazo) o la gallina (alumno desmotivado)? No tiene una solución clara, pero probablemente Benjamin Franklin tuviera expresara con una frase la solución más cercana:

“Dime y lo olvido, enséñame y lo recuerdo, involúcrame y lo aprendo”.

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